
“Solía pensar que el cerebro era el órgano más maravilloso de mi cuerpo, entonces me di cuenta de quien me estaba contando esto.”
Emo Philips
Ayer escuché la interesante ponencia intercalada de Joaquín Martínez-Montauti y Fernando Estévez, moderada por Itziar de Lecuona sobre la cuestión de si ¿es el cerebro el órgano moral?
Esta noche se ha puesto a trabajar mi cerebro inconsciente sobre este tema 🙂
La ponencia versaba primero sobre qué es la moral (del latín mos, moris, “costumbre”) y cuestionaba si los animales tienen moral o si es solo una característica de los seres humanos.
Se comentó que utilizando nuevas tecnologías, como la Resonancia Magnética funcional (RMf), se podía determinar las zonas del cerebro en donde localizar anatómicamente la moral. Y se esbozó, por falta de tiempo, la consecuencia de los avances neurocientíficos en los temas morales y éticos.
En cuanto a la RMf, es cierto que permite descubrir la localización anatómica de distintas actividades del cerebro, y que permite observar las actividades mismas, lo que han denominado el “cerebro en acción”, poniéndose como ejemplo:
- el aumento de flujo en el área motora responsable cuando vemos a alguien realizar un movimiento: de donde se deriva y postula la hipótesis de “las neuronas espejo” y la empatía
Y aquí puntualizaré que en realidad lo que la resonancia capta es un aumento de flujo de sangre oxigenada a esas zonas del cerebro, no propiamente una acción.
Siguiendo el ejemplo de antes:
- el hecho de que se “ilumine” el área motora al observar al otro hacer un movimiento no significa que nosotros lo hagamos
- por otro lado, si nosotros de manera autónoma, pensamos que vamos a mover esa extremidad, la RMf captará ese aumento de flujo sanguíneo oxigenado en la misma zona anatómica recurriendo a las mismas denominadas “neuronas espejo”
Así que la RMf por sí sola no puede dar una explicación anatómica/funcional a estas contradicciones evidentes en las que recae la hipótesis de las “neuronas espejo”. Podría quizás aceptarse cuando hablamos del bostezo. Cuando vemos a alguien bostezar bostezamos sin casi poder remediarlo, el cerebro ejerce una acción. Sin embargo, no mostramos empatía siempre que deberíamos como por ejemplo, ante el sufrimiento del otro en un conflicto armado.
Es decir, que lo que se manejan realmente son hipótesis más o menos plausibles sobre lo que los avances científicos del cerebro nos van mostrando.
Ya ha sido superado aquel positivismo decimonónico según el cual la Ciencia trabaja con la verdad.
Sabemos que la Ciencia y la Ética tienen en común que son productos racionales y ambas trabajan con el método de la falibilidad. La Ciencia no avanza verificando hipótesis sino falsándolas (en la ciencia, desmentir una hipótesis o una teoría mediante pruebas o experimentos).
Esta ha sido una conferencia a caballo entre las neurociencias y la moral y la ética. La Neuroética que parte de la idea que para entender a nuestra moral y ética debemos previamente entender a nuestra mente y, para ello entender primero a nuestro cerebro.
De acuerdo siempre que asumamos que la Ciencia no es axiológicamente neutra. El científico es un hombre comprometido por la verdad; y esta, en tanto que producto racional, funciona con las estructuras de la razón. La finitud, la falsación, la falibilidad de los descubrimientos de hoy, corregibles mañana son principios racionales que también afectan a la Ética.
Se habló de Patricia Churchland como la filósofa que divulgó el término Neuroética, para referirnos a las implicaciones éticas de las nuevas tecnologías de la neurociencia (la acepción de la ética de la neurociencia).
Pero también se habló sobre la Neuroética para referirse a la ética con una base biológica material cerebral, o postular que la moral tiene asignada una zona anatómica cerebral, que podría englobarse dentro de una de las falacias de la ética como es la ética naturalista (la segunda acepción de la Neuroética como la neurociencia de la ética).
Esta segunda acepción podría caer en la falacia ética naturalista que consiste en decir que algo es así por naturaleza, lo cual implica:
- que todos percibimos la naturaleza de la misma manera
- que natural y bueno son sinónimos, lo cual no es cierto (por ejemplo: un virus)
Así el que las cosas son “por naturaleza” es una falacia.
Quedó dicho el problema de que darle a la moral una base cerebral podría resultar reduccionista, podría considerarse una ética esencialista o determinista:
- se señaló que esta concepción tendría el peligro de dinamitar “el libre albedrío”
¿Es la moral relativa o natural, si es natural, va ello en contra del libre albedrío?
- ¿Puede esa moral anatómica cerebral ser sólo natural o sucumbir al “adoctrinamiento”?
- ¿Existe una naturaleza de la moralidad y una ética universal integrada en el cerebro?
Como vemos hay muchas preguntas derivadas de dar a la moral una base anatómica que no quedan respondidas solo con el estudio del funcionamiento cerebral.
Ya habla la excelentísima filósofa y catedrática emérita de Ética, Adela Cortina, sobre la Neuroética (NEUROÉTICA: ¿ÉTICA FUNDAMENTAL O ÉTICA APLICADA?) https://www.boe.es/biblioteca_juridica/anuarios_derecho/abrir_pdf.php?id=ANU-M-2010-10045300472
Invito a leerlo porque centra de manera precisa el tema de la Ética y las neurociencias, y nos hace entender la importancia de los nuevos términos de Bioética o el más reciente de Neuroética.
En la segunda acepción de Neuroética: la neurociencia de la ética, la ética ya no emanaría de Dios sino que estaría anclada en las raíces evolutivas del hombre y su cerebro. La ética tendría claramente un origen biológico y sería esencialmente humana.
La capacidad humana para distinguir el bien del mal vendría dada por la evolución.
En los dilemas personales se estimularían las zonas del cerebro conectadas con la emoción mientras que en los dilemas impersonales se estimularían las conectadas con el razonamiento.
Aunque hay que contraponer que el hombre es dependiente de su entorno social, y menos de sus genes, porque tras el nacimiento desarrolla casi el 70 % de su cerebro en interacción constante con el medio y con los demás, de modo que los códigos inscritos en el cerebro pueden ser modificados ampliamente.
Se afirma que los juicios morales son intuitivos cuando en realidad los formamos sobre la base de influencias sociales y culturales.
Quizás podríamos decir que el cerebro no contiene “códigos éticos” propiamente dichos, no contiene una “estructura moral”, sino una “competencia moral”.
Para concluir una pregunta:
¿Soy Yo mi cerebro?
A mi modo de ver : Yo no soy mi cerebro, yo soy la consciencia de mí, mi yo observante que permanece inalterable a través del tiempo.
Pero esto quizás sería entrar en el tema de las dimensiones del ser humano, de la dimensión transcendental o espiritual, del alma… un tema para la Teología.
Al menos tras ir a esta charla, siento que he alejado de mí la incompetencia inconsciente sobre la Neuroética, esto es: aquello que debería saber y no sé y no sé que no lo sé. Ahora, me situaría en la incompetencia consciente: aquello sobre Neuroética que no sé y debería saber pero al menos ahora ya sé que no lo sé.
*Imagen tomada del díptico sobre el Curso de IA y Neurociencia. CCCB
