
La variedad de nuestras emociones, de los matices con que vivimos los acontecimientos de la vida, es lo que le otorga riqueza.
La vida es incierta. Mucho tiempo malgastamos en planear el futuro sin darnos cuenta de que el futuro llega solo y muchas veces con un plan distinto del que habíamos previsto y agendado.
Eso nos conduce paradójicamente a una manera de vivir el presente sin estar plenamente presentes:
- al no estar plenamente presentes en lo que tenemos entre manos se nos escapa vivir lo que nos acontece en este momento en toda su plenitud
- al no darnos cuenta de que el futuro es impredecible no saboreamos al máximo la felicidad presente, la postergamos confiando en que el futuro será mejor y desafortunadamente a veces no es así
Para cuando entendemos que el futuro es totalmente impredecible y que nuestros planes ya no son posibles, para cuando nos damos cuenta y somos conscientes de que no supimos vivir con toda la felicidad el momento presente (la felicidad de que en ese presente, ya pasado visto desde la perspectiva del nuevo futuro), de que no supimos entender que la felicidad consistía precisamente en que un futuro aciago no se había instalado aún en nuestras vidas e iba a cambiarlo todo; cuando no valorábamos la felicidad de que simplemente no nos estaba pasando nada malo, o de que nos habíamos evitado una desgracia, lo que yo denomino la «felicidad ignorada»; mientras ignorábamos esa felicidad presente y la postergábamos para cuando alcanzáramos no se sabe bien qué meta… llega el futuro con sus planes, ajenos a los nuestros, pasando de ser el futuro ideal deseado a un futuro ya cierto y temido.
Ante este futuro inesperado, que trunca nuestra felicidad no cabe más que parar, y abrir el abanico de emociones negativas que nos provoca. La riqueza de las emociones está en su variedad, las emociones apetecibles y las no apetecibles. Sentir el dolor, la rabia, la tristeza, el miedo ante un nuevo escenario no deseado y de futuro incierto es mucho más rico pero sobretodo, más real que intentar teñir a toda costa, y desde el minuto uno, una noticia mala en buena.
Esta falta de saber vivir una noticia mala como lo que es, con todos sus matices, con su incredulidad inicial, con el enfado posterior, con la resistencia para acabar en la rendición y aceptación que se darían de manera natural, lo único que crea es un «envoltura» anómala y débil de un proceso doloroso que intentamos camuflar pero que desafortunadamente se nos va a mostrar en su cruda realidad a la que no tengamos fuerzas, más que para vestirlo yo diría que disfrazarlo, de aprendizaje.
No querer experimentar las emociones «negativas» ante una mala noticia, negárnoslas por muy dolorosas que sean, llevará inevitablemente a una disonancia cognitiva entre la realidad y lo que sentimos, en definitiva a un autoengaño psicológicamente no saludable.
Ya nos lo advertían los filósofos clásicos, Aristóteles defendía que había que educar al sujeto para que se pudiera alegrar o doler como es debido, porque en eso radicaba la buena educación.
Afrontar una noticia a la que denominamos todos «negativa» de manera «positiva» nos va a crear una incongruencia cognitiva. Ojo, tampoco esta especie de pensamiento binario «negativo o positivo» es real, es una simplificación de nuestro cerebro para intentar entrar en acción y solucionar la amenaza. Lo real es el acontecimiento que ha pasado. Ideal sería que no lo etiquetáramos como algo negativo, pero por experiencia tengo que decir que hay sucesos que son negativos los miremos como los miremos y de los que no se puede sacar nada bueno aunque a la larga aprendamos algo y nos repongamos a pesar de ellos.
Tenemos todo el derecho a sentirnos enfadadas, disgustadas, asustadas y deprimidas ante un diagnóstico de cáncer. Una actitud positiva, y más desde el minuto uno del diagnóstico, no va a curarnos, pero lo peor, no va tampoco a ayudarnos a que emocionalmente podamos transitar por la complejidad que conlleva y, a la larga, esta disonancia entre la realidad y nuestra manera de negar «positivamente» un hecho que no lo es va a dejarnos exhaustas. No va a contribuir a que superemos, tal y como debemos, su impacto en nuestras vidas. Por eso, ante esta «ignorancia psicológica» de cómo afrontar una noticia tan negativa y con tanta repercusión personal vamos a necesitar ayuda.
De nada ayuda el refranero popular: «No hay mal que por bien no venga», ni pensar en el karma, o en que el Universo se ha confabulado contra nosotras… de nada sirve una actitud positiva para curar el cáncer, sí sirve para sobrellevarlo anímicamente mejor, que es distinto.
El cáncer lo cura la medicina o no lo cura. No hay más. La actitud con la que lo afrontemos será crucial para poder vivir mejor todo el proceso tanto nosotras como lo seres a quienes queremos y nos rodean, pero esta actitud adecuada no pasa por negar las emociones y sentimientos negativos que nos produzca.
El tema a la mayoría nos viene grande. No sabemos gestionarlo porque en esta sociedad del positivismo pueril nadie nos enseña que las noticias «negativas» se corresponden con emociones «negativas». Lo que nos convierte, sin quererlo y sin ser plenamente conscientes de ello, en analfabetas emocionales de las desgracias. Reconocerlo, ser más humildes y solicitar ayuda demuestra, en mi opinión, madurez emocional. Dejarse ayudar no es una muestra de debilidad, es una muestra de sensatez.
Es por este motivo, que ante una mala noticia de gran calado como es el diagnóstico de cáncer, necesitamos del asesoramiento y acompañamiento de un Psicooncólogo para desentrañar la maraña de autoengaño que nos tejemos y darnos las herramientas necesarias para encarar de la manera adecuada el largo y difícil proceso que se nos avecina. No es que nosotras solas no pudiéramos afrontarlo, sino que el Psicooncólogo nos ayudará a superarlo más rápidamente y de una manera más adecuada, mejor. Y créeme, eso no significa que seas una mujer débil, significa que coges al toro por los cuernos no solo pensando en ti sino también en tus hijos y tu pareja.
Este texto va a contracorriente de la presión social por estar siempre felices, por tener una actitud positiva con todo, por tener que ser unas Súperwomen. Mi consejo: no te engañes, «al pan, pan y al vino, vino».
No es un texto en la línea de lo que se lleva, más bien revuelve en un momento en el que sólo querrías frases «positivas» pero a veces, como sucede en «El traje nuevo del emperador» de Hans Christian Andersen, es vital llamar a las cosas por su nombre, o como en el caso de Pepito Grillo de «Pinocho», el mejor consejo es aquel que no se quiero oír.
Sabiendo de la importancia del estado emocional para afrontar con la fuerza suficiente y cierta serenidad un diagnóstico de cáncer, muchas unidades de Oncología cuentan en su plantilla con un Psicooncólogo. En aquellos hospitales en los que esta figura aún no está implementada la Asociación Española contra el Cáncer (AECC) cuenta con un equipo de Psicooncólogos excepcionales.
Te recomiendo que te informes con tu médico y pidas cita sin demora.
¡Muchos ánimos!
Gracias Miguel.
