
ANSIEDAD
“esto es como el que tiene hambre y se rasca la barriga”
Los adolescentes y los jóvenes están ansiosos.
Los psicólogos alertan del incremento del número de casos.
La pandemia, las redes sociales… se esgrimen como coadyuvantes.
Se plantea la necesidad aumentar el número de psicólogos y de incluir las consultas de psicología en la sanidad pública… pero no se va a la raíz del problema.
Ponemos el foco en los jóvenes, en sus síntomas, en su acompañamiento y tratamiento, pero nadie eleva la voz sobre las causas reales de porqué les sucede.
La sociedad que hemos creado enferma a nuestros hijos.
Los boomers les hemos dado la mejor infancia posible: les hemos dedicado el tiempo que no disfrutamos nosotros con nuestros padres, nos hemos quitado tiempo a nosotros mismo y a nuestras parejas para acompañarles a las extraescolares… y en este entorno se han sentido queridos y tranquilos.
Pero socialmente nos hemos equivocado, no hemos educado a nuestros hijos con la finalidad de que sean felices, no, les hemos educado para que estudien y puedan encontrar un trabajo, para que sean peones de una sociedad que los reclama como mano de obra, como valedores de las futuras pensiones.
El contraste entre la infancia y la exigencia de la adolescencia sin que, entre medias haya habido un paso progresivo, ha hecho que muchos se descuelguen de este camino y o bien no quieran estudiar, total si el futuro está negro, o bien no quieran aceptar el tipo de trabajo pero, sobre todo, las condiciones laborales que les ofrecemos.
Nuestros hijos no quieren lo que nosotros creemos que queremos. No quieren nuestra pareja de por vida ni nuestra hipoteca, ni nuestro modelo de familia ni de vida, quieren otra cosa. Y nosotros ciegos, porque no hay más ciego que el que no quiere ver, no paramos de preguntarnos que qué les pasa o peor de quejarnos de que están consentidos y no se esfuerzan lo suficiente.
Y como no queremos realizar un análisis exhaustivo de lo que pasa por miedo a darnos cuenta de dónde estamos nosotros y qué hemos hecho con nuestra vida, como no sabemos qué hacer ni responder, nos volcamos en hacerles protagonistas responsables de su rebeldía y negativa a sumarse a la rueda capitalista en la que nosotros rodamos y así personalizamos en ellos el fracaso como sociedad que está ya en marcha, nos dedicamos a analizarlos y buscarles psicólogos para que se mejoren haciéndoles responsables de la situación en la que les hemos metido y en la que viven.
Pero solo buscar psicólogos para que aprendan a gestionar este estilo de vida no es la solución. Decían en casa de mi marido la expresión: «esto es como el que tiene hambre y se rasca la barriga”, pues eso, que no, que no se trata de darles soporte psicológico, eso sirve para paliarles la sintomatología pero no para ir a la raíz del problema y solucionarlo.
Nuestra sociedad es la que está enferma, o más bien, los poderes económicos son los que nos ponen enfermos al tenernos atrapados en esta especie de moderna esclavitud de trabajar para ganar dinero y pagar. Como no nos vemos capaces de cambiarlo, los boomers nos conformamos y dejamos tan al fondo el origen de lo que a nosotros también nos pasa, esa ansiedad perenne por miedo a perder el trabajo, a no ganar lo suficiente… que no somos capaces ni queremos enfrentarnos a ello y verlo. Sería como reconocer que toda nuestra vida ha llevado un rumbo equivocado. Hemos normalizado tanto la explotación a la que estamos sometidos que ya ni nos damos cuenta de ello, y así nos preguntamos sorprendidos ¿qué les pasa a nuestros hijos?
Nuestros hijos no son el problema, son el reflejo de lo que no funciona. Nosotros nos hemos autoconvencido tanto con el individualismo, la competitividad y toda la tontería tóxica de la psicología positiva que en vez de valorar lo fastidiados que estamos creemos que quien no funciona en el sistema es porque no quiere, porque no se esfuerza lo suficiente, porque no da la mejor versión de sí mismo, porque es débil… y un largo etcétera de tópicos que lo único que hacen es anestesiarnos los suficiente para que no estemos todos en la calle protestando y gritando que lo que queremos, lo que importa, es ser, es vivir, sin más, tan sencillo como difícil.
Y mientras a nosotros se nos ha “olvidado” donde estamos, ahí están nuestros hijos para recordárnoslo. Llevémosles al psicólogo pero vayamos también a la raíz del problema:
Nuestra sociedad no funciona como debiera. Nuestros hijos nos lo están demostrando, hagámosles caso.
No son ellos los que están equivocados, somos nosotros, despertemos, y, si no nos vemos ya con la fuerza suficiente de plantarnos frente al sistema, al menos reverenciemos que nuestros hijos sí se den cuenta, se rebelen en la medida que les sea posible.
Nuestros hijos están ansiosos, nosotros estamos ansiosos, nuestra sociedad está ansiosa y el capitalismo es la causa principal.
Quizás más que formar más psicólogos necesitaríamos formar jóvenes políticos que pongan en marcha un nuevo sistema económico, más justo, más distributivo, donde trabajar no sea una obligación sino una contribución a la sociedad y donde todos tengamos al menos un mínimo para vivir que incluya una vivienda la cual consta como un derecho en la constitución pero que hoy en día es un bien de mercado con el que especular.
En cualquier caso:
Si tus hijos tienen hambre, deja ya de rascarles la barriga.
