
Decidieron pedir ayuda a la maga del lugar.
Aquella situación no tenía una solución fácil aparente.
Era su cumpleaños pero aquel niño se mantenía en sus 13, cuando sus padres le preguntaron que quería de regalo él les miró a los ojos como sorprendido y, sin titubear, dijo: «¡nada!»
Incrédulos le insistieron, al fin y al cabo era su día y a ellos les parecía obvio que debían celebrarlo y regalarle algo.
En su segundo intento el niño no les contestó, se limitó a darles una amplia y dulce sonrisa y siguió jugando, como si aquello no fuera con él.
Llamaron entonces a su hermana mayor que, por indicación de sus padres, le preguntó: «¿Qué quieres de regalo de cumpleaños?» y él, le cogió de su manita, le dió un beso y le dijo: «¡nada!» y se pusieron a jugar juntos, como si nada…
La madre telefoneó a la abuela para contárselo, la abuela aseguró que aquello no podía ser y fue para la casa sin demora, al llegar, tras un cariñoso abrazo, le preguntó a su nieto: «¿Qué quieres de regalo de cumpleaños?» y él, sin resistencia por tanta insistencia le contestó: «¡nada!»
Consultaron a otros amigos con hijos de edades parecidas pero ninguno había pasado por una situación similar ni supo darles una explicación convincente.
Entonces se les ocurrió preguntar a su profesora del cole si todo iba bien y ella les disolvió cualquier sospecha de la existencia de un problema, era un niño bien adaptado, querido por las demás niñas y niños del aula y, en ningún momento, había notado ninguna actitud de tristeza o aislamiento, más bien todo lo contrario, canturreaba en clase y se reía con las ocurrencias de sus compañeros.
Así que atónitos ante semejante situación, y un poco preocupados por si al niño le ocurría algo anormal, optaron por llamar a una maga de la cual una querida amiga les había hablado varias veces diciendo que era una persona muy sabia. La maga en cuestión tenía un aspecto normal, cuando llegó pasados 10 minutos después de que la localizaran, no fue directamente al comedor a ver al niño, se tomo un té con nosotros en la cocina, escuchó el relato de lo acaecido y antes de proceder nos pidió tres cosas:
- que le dijéramos el nombre del niño
- que le dejáramos hablar a solas con él aunque estuviéramos presentes tras los cristales de la cocina que daban al comedor
- que, tras finalizar se iría sin darnos grandes explicaciones
accedimos y así ocurrió.
Entró, se puso a jugar con nuestro hijo, vimos como hablaba con él aunque no oímos lo que se decían, al poco se levantó, cogió su chaqueta y, antes de salir por la puerta, nos dijo: «Estad tranquilos, el niño está bien, no le pasa nada malo, más bien al contrario» y, sin más explicaciones, tal como nos había advertido cogió y se fue.
Nos miramos, entramos corriendo en el comedor y con cierta intriga y curiosidad le volvimos a preguntar: «¿ya sabes que quieres de regalo de cumpleaños?» y él, con sus bonitos ojos verdes sonrió una vez más y nos repitió: «¡nada!
Un instante más tarde vimos una nota que la maga había dejado en la mesa y en la que se leía:
«El niño ya tiene todo cuanto necesita, os tiene a vosotros que le queréis y se siente querido, ¿qué mayor regalo de cumpleaños puede tener?: ¡nada!».
