
Me he reencontrado con unas amigas que hacía muchos años que no veía y me he dado cuenta de que las aprecio de verdad, noto que me importan, que siento por ellas un cariño profundo.
¿Por qué ocurrirá que cuando hace mucho tiempo que no ves a alguien a quien apreciabas, al cabo de menos de dos minutos de reencontrarte ya vuelvas a conectar y a sentir por aquella persona las emociones y la sintonía que una vez tenías?
Siempre leo que el número de amigas es limitado, que las amistades requieren tiempo y dedicación, que al cambiar de trabajo, lugar… hay que soltar las amistades y hacer nuevas, que no es bueno desarrollar algo así como un síndrome de Diógenes personal.
Pero, en mi caso, me doy cuenta de que lo único realmente cierto es la enorme ilusión que me hace volver a verlas y estar con ellas, saber de sus cosas, ver los cambios que los acontecimientos y las vicisitudes han producido en su biografía, percibir su nueva perspectiva de vida sin que se haya perdido un ápice de su manera de ser… están como “enriquecidas”.
Las personas solemos intuir en la gente de mediana edad los disgustos por los que han ido pasado reflejados en su expresión, en su mirada, aunque si nos fijamos atentamente, también veremos que a pesar de los vaivenes que la vida les ha deparado siguen siendo esas mujeres fuertes y valientes que con el paso del tiempo se han serenado y han posado, y que disfrutan de una visión de la vida distinta, más sosegada, más realista y humana.
Necesitaríamos encontrar una palabra que definiera no tanto este tipo de relaciones sino los sentimientos asociados a estos reencuentros. No solo es nostalgia por los ratos compartidos, es un afecto profundo que en su momento echó unas raíces comunes que se han ido desarrollando de manera silente con los años y desde las que, al acontecer la primavera del reencuentro, brotan los renuevos del cariño latente.
«Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos.»
Pablo Neruda
