
La madre Lucía, mi profesora de matemáticas de BUP, que me apreciaba mucho, un día me dijo:
– Sylvia, has de aprender una cosa: “La palabra es de plata, el silencio es de oro”.
Y fue un sabio consejo que he puesto en práctica muchas veces sobretodo cuando a quien me iba a dirigir ostentaba un cargo superior en la jerarquía profesional. Fue un consejo muy útil aunque, debo confesar, que no lo practiqué todas las veces que debería haberlo hecho.
Con el tiempo pasé de la prudencia del consejo a la asertividad, actualmente, digo lo que pienso intentando no ofender, pero tampoco me lo callo, es una de las ventajas y licencias que te da el cumplir años.
Mucho podríamos hablar de la comunicación, para mí es un tema tan complejo como fascinante. Lo que la madre Lucía no me contó es qué pasa con lo no dicho, o mejor dicho, qué pasa con lo no escuchado…
¿Qué sucede con esas cosas que una desearía haber oído y no ha sido así?, ¿qué sucede con un agradecimiento no expresado, con un cumplido no realizado, con una felicitación no dada, con unas palabras de apoyo calladas?…
¿qué sucede con lo que nos quedó por escuchar y no oímos, con las palabras de cariño que se quedaron en el tintero?…
¿qué sucede con lo que nos quedó por decir y no nos atrevimos, con aquello que quisimos. debimos y pudimos decir y no lo hicimos? Siempre leo que una se lamenta por aquello que dejó de hacer pero nunca por aquello que dejó de decir…
Lo no dicho por nuestra parte, podía ser una muestra de prudencia en caso de conflicto, pero también podía haber sido una sorpresa en caso de haber querido expresar cariño… cuánto nos cuesta decir lo que sentimos, unas veces por timidez, otras por miedo a que nuestras palabras caigan en saco roto y no reciban la acogida deseada.
Lo no dicho por otros, lo no escuchado, ya no depende de una misma, claro está, depende de la otra persona y a veces, su ausencia, cuando se esperaban unas palabras de apoyo, también duele.
¿Cómo cuantificar cuánto duele lo no dicho?, ¿cómo contarle a un tercero el dolor sentido ante una falta de aprecio o una ausencia de la expresión del mismo?, ¿cómo gestionar lo inexistente?
Eso es mucho más difícil de medir, y sin embargo, duele igual o incluso más. Lo esperado y no oído duele más que lo dicho con intención de agravio, y si no me creen pregúntenselo a los niños pequeños cuando están esperando la felicitación o incluso sólo la aprobación de sus padres y eso no ocurre. Quizás esa falta de cariño, esa ausencia de muestra de afecto sea peor que una palabra dicha con desdén o una crítica equivocada. La falta de afecto es una señal de indiferencia, de desapego, que hiere con más profundidad que la atención recibida durante una crítica aunque esta sea descarnada.
Mucho hablamos de lo que no deberíamos haber dicho y muy poco de lo que no nos han dicho y nos hubiera gustado.
No decir nada ya es en sí una opinión, silenciosa pero que expresa claramente un posicionamiento. Es como no tomar una decisión, eso en sí es una decisión misma aunque parezca una contradicción.
¿Cómo recriminarle a alguien lo no dicho, lo no expresado, la falta de afecto en ese no gesto aunque sí acción ausente? No decir nada es, a veces, expresar mucho.
Al hilo de lo que me decía la madre Lucía, yo me atrevo a decir hoy, para quien me quiera escuchar, de viva voz y en alto:
“Lo dicho es de plata, lo no dicho es de oro…”
