
Hemos oído hablar muchas veces del “secuestro” emocional, cuando perdemos el control emocional y reaccionamos de manera incontrolada ante un estímulo sin que nuestra respuesta se vea modulada por nuestro raciocinio. Anatómicamente podríamos resumirlo en que respondemos con la amígdala sin pasar por el filtro del córtex cerebral.
Podríamos entender que este secuestro tiene su lógica: como el córtex no ha modulado la respuesta esta ha sido desproporcionada.
Pero, ¿qué pensar ante lo que yo denominaría “secuestro” racional? situación en la que una persona en sus cabales, con pleno raciocinio, no atiende a pruebas objetivas que le desdicen de sus creencias por miedo a que su visión del mundo se desmorone.
¿Quieren algunos ejemplos?: los negacionistas del Covid o del cambio climático, el colectivo antivacunas, defensores de que la Tierra es plana, y algunos votantes de líderes mundiales o partidos políticos que por su trayectoria o casos de corrupción daría la sensación de que nunca más volverían a salir elegidos y, sin embargo, siguen ganando elecciones y gobernando.
Lo que sorprende es que siendo gente a veces preparada, y algunos incluso con formación científica, pese a la demostración de evidencias objetivas en sentido contrario, siguen sin dar su brazo a torcer ni cambiar de parecer, sólo perciben aquello que quieren creer y niegan cualquier argumento que contradiga sus convicciones. En este caso el pensamiento estaría modulado o motivado por las emociones, como si el córtex quedara a merced de la amígdala.
Como características relevantes que definen a las personas que lo padecen se podría citar:
- suelen pertenecer a un grupo o colectividad
- la confrontación con pruebas objetivas contrarias a sus creencias no sólo no les hace cambiar de parecer sino, más bien todo lo contrario, les arraiga aún más en sus convicciones
- sólo alguien de su propio grupo, y con cierto liderazgo, puede modificarles en parte estas opiniones
- no tienen consciencia de que esto suponga ningún problema y, por tanto, no ven la necesidad de cambiarlo
Los pediatras que torean con padres antivacunas, se han esforzado por el bien de los niños, en encontrar una vía de diálogo que permita que les dejen finalmente inmunizarlos. Y sostienen que: no llevarles la contraria a los padres en sus argumentos, no mostrarles evidencias científicas contrarias, y sí escucharles con atención y respeto, con el fin de encontrar la motivación emocional profunda que está sustentando esas creencias para intentar utilizarla a favor de las ideas o acciones que se quieren conseguir de ellos, es la única, y no siempre factible, manera de lograr una cierta apertura mental y cambio de comportamiento. En este caso, el esfuerzo vale la pena, la salud del niño prima por encima del tedio de una larga negociación y diálogo.
Pero, ¿qué pasa en los casos en los que el interlocutor no tiene una motivación o empatía especial para que la persona o grupo de personas que se encuentra en esta situación cambie de parecer? o, ¿qué pasa cuando dos grupos “secuestrados” racionalmente se enfrentan entre sí?
Sorprende que cada vez hay más gente afectada y más colectivos de diversa índole que sufren este “secuestro” racional. Últimamente en nuestro país lo vemos diariamente en el campo político: no se trata de pactar y acordar, de buscar el bien común o, si se prefiere, el mal menor, no, se trata de imponerse y vencer al que tiene una ideología diferente aún a costa de nuestra felicidad y de la de las personas a las que queremos, cueste lo que cueste, incluso la propia libertad.
Es como si la sociedad se estuviera sectorizando y como si las personas necesitaran entrar a formar parte de uno de estos colectivos para tener la sensación de que, por fin, su vida tiene un ideal y adquiere un sentido. Antes, esta vertiente estaba en parte cubierta por las creencias religiosas personales, y pareciera que ahora que la sociedad es laica, esta necesidad de encontrarle un sentido se hubiera trasladado a diferentes ideologías que, curiosamente, tendrían en común un perfil radical y, en las que no se transigiera más que con una adhesión incuestionable e irrevocable, poniendo en marcha el razonamiento binario excluyente de “conmigo o contra mí”, de mi grupo o del contrario.
Como este tipo de agrupaciones parece que resultan atrayentes para un gran número de personas por su sensación de pertenencia, de creerse mejores o superiores, o de ser aceptados, resulta que nos encontramos con la paradoja de que debido a la cantidad de adeptos que tienen pueden, en el campo político, llegar a acabar gobernando. Y, cuando dos interlocutores o grupos “secuestrados” racionalmente ostentan el poder y se enfrentan entre sí, tal y como sucede en nuestra cotidianidad política, los que aún no sufrimos este secuestro vemos difícil encontrar una vía intermedia, no digamos ya de reconciliación (y a los resultados electorales de los grupos políticos que apostaban por ella me remito) quedando a merced de ideologías y modos de hacer poco sensatos y, déjenme decirlo, a mi parecer, poco democráticos.
Que los no abducidos por uno de estos colectivos estemos inexorablemente obligados a escuchar la cantinela diaria y, aún peor, acabar siendo gobernados de manera sectaria, por unos o por otros, me inclina a pensar y a lanzar la propuesta de si no sería conveniente evaluar previamente, mediante algún método médico-psicológico, la idoneidad de los candidatos.
«Cada nación tiene el gobierno que se merece.» Joseph de Maistre
