
Un buen día nos despertamos y nuestros hijos han de ir a la Universidad.
Es un día importante que nos señala que las cosas han ido bien, los hemos criado y educado, han crecido, y han estudiado con éxito suficiente como para poder ir a la universidad, no está nada mal, muchos lo habríamos firmado hace tiempo.
Es en este preciso momento tan transcendental en sus vidas cuando han de escoger qué quieren estudiar y en qué Universidad. Los criterios para la elección son múltiples, desde los económicos, pasando por los geográficos, lingüísticos, o académicos como el ranking universitario y la nota de corte, entre otros.
Nuestra opinión es importante para ellos y como madres tendremos que decidir sobre si aconsejarles que se queden a estudiar la carrera con nosotras o si les animamos a estudiarla lejos, en otra ciudad o incluso en el extranjero.
Por un lado, el latente cordón umbilical nos lleva, como primera reacción maternal instintiva, a mantenerlos en casa, a nuestro lado. Aunque una vez templados un poco los ánimos, nuestra generosidad maternal nos lleva a pensar que quizás sea mejor para ellos, como personas, marcharse de casa, empezar una nueva aventura, desprenderse de nosotras para madurar, crecer y poder salir y darse al mundo, para eso nacieron, para ese fin les hemos criado.
Nos dice Khalil Gibran en su famoso poema:
“Sobre los hijos”
Tus hijos no son tus hijos,
son hijos e hijas de la vida
no te pertenecen…
Tú eres el arco del cual tus hijos,
como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinación,
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.
Algunas elecciones son determinantes en la vida de nuestros hijos, y esta es una de ellas. Es nuestro deber como padres enseñarles los criterios en los que basarse para saber realizar la mejor de las elecciones, la que les pueda hacer más felices, acompañarles en el proceso y… dejarles escoger por sí mismos.
Mientras tanto, nosotras deberemos templar y mediar entre nuestro instinto maternal personal y nuestra generosidad maternal social, y aunque no es fácil, al final lo que va a ser lo mejor para ellos decantará la balanza.
Yo estoy a punto de lanzar mi primera flecha… me queda la duda y le preguntaría a Khalil cómo acaba el poema, que me dijera qué pasa con el arco una vez ha lanzado todas las flechas… a mí, gracias a Dios, aún me quedan dos flechas más en mi aljaba por lanzar antes de descubrirlo.
Y aunque aún no sé el final de esta historia sí puedo ya decir que he tenido la maravillosa felicidad de dar forma y afilar mi primera flecha durante dieciocho años, y ahora, aunque me hiera, sé que me toca tensar bien la cuerda, apuntar hacia el cielo y liberarla… está preparada, ¡suya será la diana!
